Loli Escribano

SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Paradojas

28/03/2024

La vida tiene muchas. Me refiero a paradojas. Yo, atea, nací un Domingo de Resurrección. No me llamaron Resu, me pusieron Dolores, que es una de las advocaciones de la Virgen, Madre de Dios. Así que me felicitan, anualmente, por mi santo, el viernes de Dolores. Todos los años ocurre lo mismo: como nunca coincide el mismo día, no me acuerdo hasta que alguien me lanza una felicitación. Yo acepto, agradecida, porque sé que es un gesto de cariño, no católico, pero no me siento identificada en absoluto con la efeméride, así que sonrío, digo gracias y a seguir con la vida. Es lo que tiene vivir en un país aconfesional en el que la dictadura nos dejó este legado católico. Llevamos casi 50 años de democracia, ¿cuántos tendrán que transcurrir para quitarnos de encima el peso de la herencia, "concordias" aparte?

Es probable que a Santiago Abascal le ocurra algo parecido, porque también es víctima de las paradojas natalicias: vino al mundo un 14 de abril, el Día de la República. Supongo que se apretará fuerte el nudo de la pulserita rojigualda de patriota si además de felicitarle no sólo le desean que cumpla muchos más sino también un rotundo, salud y república.

Esas paradojas hacen que el Día de la República y la Semana Santa coincidan algunos años. En mi infancia, la de los 70 y 80 sin televisiones privadas, te tocaba ver La túnica sagrada, Ben-Hur o Los diez mandamientos. Esas películas a mí me daban miedo, como las procesiones, y no me transmitían ni la paz ni el amor de Cristo, sino todo lo contrario. Con el tiempo, ya siendo adulta, cuando los vídeos y los videos clubs proliferaron, descubrí La vida de Brian con esos silbidos finales fabulosos de los Monty Python mientras los crucificados cantaban: Always Look on the Bright Side of Life (Mira siempre el lado brillante de la vida). Probablemente fue uno de los primeros mensajes optimistas que integré en mi carácter con el que convivo desde entonces.

Un poco antes, con unos quince años, me metí al cine a ver La Misión, porque iba todo el mundo. Yo no sabía nada de la película. En aquella época no teníamos redes sociales que te bombardearan con promociones al borde del spoiler. Aunque era tan joven, con La Misión me cuestioné casi todo. Fue un impacto brutal. El guión mezclaba política y religión (si es que alguna vez no fueron de la mano) con escenas tan crueles como el misionero arrojado por la catarata o la de Robert de Niro cazando indios. Fue cuando empecé a dudar de muchas cosas, entre ellas, de la existencia de Dios. Pero sobre todo, con La Misión conocí a Ennio Morricone. Cuando tengo que escribir, cuando me tengo que aislar del ruido externo que distrae mi pensamiento y mi intuición, casi siempre lo hago con El Oboe de Gabriel, el que atrajo la curiosidad de los guaraníes. Pero eso no es una paradoja, es una obra de arte, un regalo de Ennio Morricone.