Loli Escribano

SIN RED

Loli Escribano

Periodista


El hombre de la sonrisa perenne

16/02/2024

He sobrevivido a la muerte de Chanquete, aunque sólo tenía diez años la primera vez que falleció en La Dorada. Después, ha vuelto a morirse más o menos una vez al año en cada reposición. He sobrevivido a la muerte de Leonardo di Caprio, en el Titanic, con la duda de si había sitio suficiente en la tabla en la que sobrevivió Kate Winslet. He sobrevivido a los columpios de los 70, anclados en hormigón, aunque más de una vez me caí de ellos lanzándome lo más alto posible desde las 'cadenas' o bajando por el tubo de metal jugando a los bomberos. He sobrevivido a los exámenes sorpresa de EGB, aunque había tantas recuperaciones que casi nadie suspendía. He sobrevivido al frío de los inviernos de mi infancia gracias a aquellas parkas de color azul o verde. La mía era verde. Eso en la calle, en casa, le hacíamos frente con un brasero eléctrico que podías alternar con una o dos resistencias en función del frío que tenías. He sobrevivido a un cáncer: a cambio de un puñadito de tejido descubrí una fortaleza que no sabía que tenía desde siempre. No estuvo mal el intercambio. He sobrevivido a un adiós a la radio. A cambio me llevé toda la experiencia profesional y emocional con la que hoy camino con seguridad y aplomo ayudando a otras personas. He sobrevivido a los chicles con azúcar. No voy a mencionar marcas, pero todos las recordamos con tanto detalle como sus sabores dulzones de fresa. También he sobrevivido a las hombreras de los 80. Si buscara en casa de mis padres, aún podría encontrar alguna de aquellas a las que poníamos velcro y las usábamos todos los días con todos los jerseys y camisas. He sobrevivido a las canciones del verano de Georgie Dann, de hecho casi todos podríamos canturrear los estribillos de casi todas ellas: la barbacoa, la barbacoa, cómo me gusta, la barbekiú. He sobrevivido al acné juvenil explotando granos frente al espejo mientras nuestra madre nos reñía aterrorizándonos, porque se nos quedaría marca. A mí no se me quedaron señales y me quité muchos. He sobrevivido al conjunto vacío, ¿alguien sabe para qué servía? Y sin salir de la escuela, también he sobrevivido al potro y al plinto. Sin ninguna lesión. 
Y así, aprendiendo a sobrevivir a salto de mata, ahora toca sobrevivir a la ausencia de Jesús Bárez. No voy a descubrir nada nuevo sobre este hombre de sonrisa perenne. ¿Qué voy a decir que no se haya dicho ya en estos días? Nos ha llenado nuestras vidas y nuestras calles de miles de anécdotas con sus gestos amables, con sus divertidos despistes, con su cultura, con su sensibilidad. Ha hecho de Soria, la ciudad de la cultura. Nunca se me dieron bien los obituarios, porque pienso que sirven más para los vivos que para los muertos. Soy de las que prefieren reconocer en vida. Resumiría atribuyéndole la clásica frase: buen profesional, mejor persona. Sobreviviremos a su ausencia, ¡qué remedio!