SIN RED

Loli Escribano

Periodista


San Juan a ratos

Estoy leyendo el último libro de Juan José Millás, ‘La vida a ratos’. La vida, vista con los ojos de este escritor, es delirante para el lector. Reflexiona sobre lo real y la realidad que hay detrás de lo real. Sobre lo cotidiano que se esconde tras lo aparentemente ordinario y que resulta mágico. Unos juegos de palabras que traduce con ejemplos tan divertidos que te arranca como mínimo una carcajada por página. La vida soriana, observada a ratos con esa mirada febril, también parece de chiflados.  Cada mañana de fiestas de San Juan me he encontrado en la puerta de mi trabajo con un charco descomunal de pis junto a un pañuelo de papel arrugadito. Me pregunto si la persona que se nos orina en la radio es siempre la misma. Si lo hace porque le da risa imaginar que lo pisamos y nos ensuciamos el pie. Si solo lo hace porque es un o una guarra. Lo del pañuelo hace pensar que se trata de una fémina, aunque ahora con la igualdad de género, seguro que los hombres se limpian después de miccionar como hacemos nosotras. Durante el resto del año, ¿también hace pis en medio de la calle o se aguanta hasta encontrar un baño? He pensado en quedarme una noche en la emisora, a oscuras, para pillarle in fraganti. Pero pensando en esa opción, me han surgido dudas sobre el momento exacto en el que debería abordarle. Me han surgido también dudas sobre qué decirle. La palabra que baila entre mis neuronas y mi boca cambia según el día. Empezó siendo un adjetivo casi amable, pero hoy es ya un abrupto insulto y hasta he pensado en aprender a echar mal de ojo. 
 Lo cotidiano en estas fiestas de San Juan se vuelve salvaje. Esa realidad delirante se normaliza como si las tradiciones, usos y costumbres sirvieran de aval o de salvoconducto para hacer lo que nos sale de los genes sanjuaneros. Aunque durante los otros 360 días del año nos enfadamos por pisar una caca de perro en medio de la acera, nos apenamos del maltrato animal y luchamos por la igualdad de género; es llegar los cinco días de San Juan y olvidamos esos principios. Bueno, olvidamos, les damos la vuelta como un calcetín. Nosotros mismos ensuciamos las calles. Toneladas de mierda que cada mañana tienen que retirar los operarios del servicio de recogida de basura. En fiestas, nosotros mismos maltratamos a los animales obligando a doce novillos, no sé cuántos bueyes y ciento veinte caballos a dejarse la piel en las horas centrales del día aunque el sol les derrita y les veamos agonizando, literalmente. Y si alguien propone hacer el recorrido a primera hora de la mañana con la fresca para que los animalicos no sufran, surgen las reacciones más virulentas, ¡oh, qué barbaridad, qué ocurrencias, la saca tiene que ser a las doce, si no, no es la saca!  Así de delirante es Soria, a ratos sanjuanera.


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