SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Ricos y pobres

26/08/2020

Todo en la vida tiene sus ventajas e inconvenientes. Vivir en una ciudad como Soria, con la proyección que estamos difundiendo en los últimos años de tanta carencia, tanta deuda histórica y tanta falta de oportunidad; parece un despropósito. Un cúmulo de dificultades insuperables. Pero, realmente, no es tan dramático. Estamos transmitiendo la idea de que vivir en Soria es un suplicio o un castigo divino. No es cierto. Yo soy de las que ven el vaso medio lleno. La mitad vacía solo debe servir para seguir reivindicando, pero sin dejar de disfrutar de todo lo bueno de esta tierra. De hecho hay una pila de beneficios que hacen que Soria sea un lugar maravilloso en el que vivir. La lista se me antoja larga, casi interminable, pero hoy voy a poner solo un ejemplo.  
Tenemos una piscina de verano idílica: el ‘Sanan’ para los autóctonos o el complejo deportivo de San Andrés para lo oficial. Dios mío, qué lujazo. Una piscina casi olímpica con  su solárium y su zona verde arbolada. Todo ello por el módico precio de 1,80 euros la sesión de mañana o la de tarde por aquello de cumplir con los protocolos sanitarios. ¿En qué municipio de España tienen el privilegio de disfrutar de unas instalaciones de lujo por un euro con ochenta? Soria es un lujo. El ‘Sanan’ es un lujazo. Por eso cuando lloriqueamos por los rincones quejándonos de todo lo que nos falta, me resulta ingrato más que injusto el hecho de no valorar todas las virtudes que esta ciudad y esta provincia nos regala. Un regalo que se convierte en una prestación que satisface de igual manera a quienes son desiguales desde el punto de vista socioeconómico. Al igual que se aboga por la progresividad de los impuestos, es decir, que paguen más los que más tienen; hay que abogar por la progresividad de tasas y precios públicos. No parece muy justo que el usuario que tiene un poder adquisitivo alto o muy alto pague lo mismo que el que lo tiene bajo, muy bajo o prácticamente no tiene. En plena crisis económica, con tantas familias en situación crítica, aún parece más injusto que paguen lo mismo ricos y pobres por un servicio público. Es cierto que a la hora de pagar impuestos como el IBI o el de vehículos, el baremo sí distingue entre inmuebles y coches de más lujo o más tamaño. De la misma manera, el pago por los servicios públicos también debería hacer esa distinción. 
En pleno siglo XXI, en el que las administraciones saben absolutamente todo de cada ciudadano y de cada contribuyente, es realmente fácil establecer tramos para poder hacer más justicia social. Además repercutiría en la búsqueda del equilibrio de ingresos y gastos de las arcas municipales, unas arcas que como es sabido cuentan con alguna que otra telaraña en su interior. 



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