SIN RED

Loli Escribano

Periodista


El pez cebra

Tan importantes y grandiosos como nos creemos los humanos y resulta que somos prácticamente iguales al pez cebra. Genéticamente, claro. Esta especie se ha convertido en un referente para la investigación de procesos biológicos humanos. Es tan parecido genéticamente al hombre que los estudios sobre este pececillo sirven para buscar nuevos medicamentos con los que combatir enfermedades como el cáncer o el Parkinson. Los embriones del pez cebra son transparentes. Por eso facilita la investigación. Sería interesante que también, como este ser acuático, fuéramos transparentes. Mostrando nuestras vísceras, nuestras venas llenas de sangre circulando de arriba a abajo y de abajo a arriba. Nuestro cerebro. ¿Se verán chispas o destellos cuando tenemos grandes ideas? Veríamos cerebros grises en todas sus escalas. Desde el gris blanquecino al gris carbón. Hay mentes blancas y otras negras, negrísimas. No pondré ejemplos, pero seguro que cada uno ya estamos identificando a unas y otras. Si además pudiéramos traducir esos chispazos, esos pensamientos que van saltando de neurona a neurona, sería la monda. Saber lo que realmente pasa por la cabeza de los otros generaría un caos difícil de salvar. Sería la hecatombe. Qué piensan realmente los políticos. Nuestros hijos. La camarera que nos sirve el café cada mañana. La chica del banco, sentadica en la silla ergonómica de su oficina, tan educada. Nuestros compañeros de trabajo. Nuestros amigos. Nuestros adversarios (que todos tenemos alguno en la vida). Y ¿cómo reaccionarían ellos si nuestro pensamiento fuera transparente? Vivimos en una sociedad en la que nos han enseñado a ser correctos para no desencajar. Cuántas veces a lo largo del día decimos lo contrario de lo que pensamos. O cuántas veces lo disfrazamos. Si hiciéramos un ejercicio de sinceridad quizá nos quedaríamos solos: sin familia, sin amigos, sin trabajo. Sin ocio. Cuántas veces mentimos a lo largo del día para no provocar una discusión o para evitar un conflicto o por temor a ser despedidos o rechazados. 
Es realmente difícil ser coherente para que lo que pensamos, decimos y hacemos discurran en la misma dirección. Muchas veces traicionamos nuestra conciencia de manera voluntaria, pero también hay otras tantas que, arrastrados por el acervo y la idiosincrasia lo hacemos involuntariamente. Los seres humanos tenemos el atávico terror a ser expulsados de la manada y para poder sobrevivir integrados y sintiéndonos amados y aceptados, con frecuencia, nos vemos abocados a ejercer de esclavos de nuestra propia identidad social. Pero como nuestro parecido con el pez cebra se limita a los genes, podemos seguir escondiendo nuestras mentiras porque no se transparentan.